Para qué escribir

El 30 de noviembre de 2017, en la revista Nautilus, Cormac McCarthy cierra una discusión sobre el origen del lenguaje con ”Before language men did not know that other men dreamt” 1, la cual me tomaré el atrevimiento de extender, “y antes del lenguaje, los hombres no comprendían lo que soñaban”. No tengo un argumento más allá que la autobiografía de Helen Keller2 para sostenerlo, cuando describe su sentir y sus comportamientos antes de la llegada de Anne Sullivan con las palabras para sus manos.

Habito un nudo de memorias y recuerdos inconexos, de sentimientos, ideas y sensaciones que se solapan; indistintas, amorfas, sin estructura o jerarquía, se contradicen, corren el riesgo de desvanecer con el paso del tiempo o acechan, ocultas tras otras, para luego presentarse disfrazadas de prejuicio, noción o conocimiento tácito. Es un terreno lo bastante fértil para que la imaginación prospere, aunque problemático al momento de construir la razón. Mi cuarto, mi estudio, mi trabajo, mi cabeza se mueven entre entre el caos y el orden, nunca los tocan, viven en el trayecto y se van moldeando con los constantes cambios de dirección.

Borges.

La ceguera alejó a Borges de la narrativa mientras lo acercaba a la poesía, el “ocaso amarillo” que descendía sobre él3, le impedía leerse, reestructurar y editarse, lo que según Piglia marcó el detrimento en la calidad de sus últimos relatos. Sólo podía trabajar con los versos que su memoria le permitía y él no era Funes, en su cabeza las largas líneas que formaban los senderos de su jardín perdían sentido.

El camino y los cambios en la dirección que lo recorro me desfiguran, lleva un tiempo adaptarme a un nuevo brazo o la pérdida de las piernas o a las cuencas donde estaban mis ojos; cambios que me arrojan al piso y contra las paredes, me hacen sentir vivo. Nunca es fácil levantarse con un rostro nuevo, o quizá sea el mismo de toda la última vida pero la sustancia que lo sostiene se siente ajena. Necesito saber cómo soy en dónde. El ir y venir es solitario, el sendero invisible y el destino una ilusión, mi ubicación puedo deducirla triangulando las partes donde mi carne ha sido golpeada, la profundidad de las heridas y el tamaño de sus deformaciones. Necesito verme, pero acá los espejos no existen, siempre llueve y la tierra prefiere beber hasta el malestar antes que permitir un reflejo; no llevo nada diferente a mi carne, su desnudez y el frío. Queda describir sobre el fango.

Yo y otro yo.

No lo hago con la frecuencia que desearía y su calidad es cuestionable. Lo que sé, bien o mal, lo adeudo a mis lecturas y a maestros que no me conocen. Escribir permite desdoblarme, ser dos, escritor y lector, confrontarme. Hacer es una forma de ver, de conocer; verbalizar lo que conozco, pienso y siento, articularlo, darle un sentido a las ideas y explicarlas para que el yo lector luego pregunte ¿sí está viendo lo que dice?; resaltando todas las inconsistencias lógicas y los caprichos, desenmascara las nociones que quieren pasar por conocimiento, dar palabra a lo tácito y moldearme. Es una herramienta de autocrítica eficiente, hace tangible el pensamiento, da algo sobre lo cual trabajar, una forma. De las nociones hace ideas y luego pensamiento.

En fin, escribir me permite descubrir, desarrollar y controlar qué pienso.

Las rocas que no logran salir por los ojos, se agolpan en la garganta y aplastan las manos; deben ser trituradas hasta polvo, lloradas, escupidas, hacer que se deslicen entre los dedos. Leerme muestra varias direcciones posibles a tomar, desbloquea; no da respuestas, sí opciones para ir a buscarlas.

Este reguero de palabras egoístas, turbias, olvidadas por el sentido y de párrafos no muy bien acoplados, son el primer golpe contra el piso, describir para mí; el segundo y mejor estructurado será escribir para quienes tengo cerca, y el último, articulado e impersonal, será para desconocidos.

Dos días tomó poder articular estas 741 palabras que resumen algunas ideas que tengo sobre la finalidad de la escritura. Queda mucho por estructurar y mi eficacia con las palabras esta lejos de que poseía Diderot.

-MM-